rocío peña & mario sangalli | arquitectos | donostia · san sebastián
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A lo largo del siglo XIX se produce en las ciudades un incremento de la circulación, producto del comercio (que se verá ampliada en los primeros años del siglo XX con la generalización del coche privado), que impulsa una jerarquización de su infraestructura viaria, para generalizar la distinción entre la circulación peatonal y la circulación rodada.

Con ello adquiere protagonismo un elemento cuyo uso había sido rescatado de la antigüedad en la Inglaterra del siglo XVII: La acera, que la RAE define como “Orilla de la calle o de otra vía pública, generalmente enlosada, sita junto al paramento de las casas, y particularmente destinada para el tránsito de la gente que va a pie.”

Este banal elemento, al que estamos tan familiarizados que tendemos a olvidar sus virtudes, fue un instrumento básico en el trazado de los ensanches decimonónicos, que consagraron un modelo urbano en el que la identidad entre la forma y la función era de una coherencia y claridad meridianas. El entramado ortogonal de los viales rodados es bordeado por las aceras peatonales, que delimitan las manzanas residenciales.

Las negativas consecuencias que acompañan al aumento de la velocidad y presencia de los vehículos en las calzadas (contaminación, accidentes, invasión del ámbito peatonal), promovieron la deslegitimación social del vehículo motorizado en favor del peatón y el ciclista, favoreciendo el transporte colectivo frente al particular, desencadenando el fomento indiscriminado de los espacios ajardinados, las áreas peatonales, los carriles-bici y los viales reservados al transporte público.

El equilibrio urbano entre forma y función, que ya se había tambaleado con la introducción de los nuevos modelos de ciudad enunciados por los pioneros del movimiento moderno, se ve definitivamente alterado con la profusión de viales especializados, que exigen múltiples recursos de señalización y control del tráfico para resultar operativos, y que llegan a su máxima expresión con la reciente e incomprensible resurrección de un elemento tan trastocante y poco flexible como es el tranvía.

Es en este contexto en el que cabe preguntarse hasta qué punto son los edificios los que determinan la fisonomía de una ciudad, o son más bien la multitud de elementos de equipamiento, señalización y control del tráfico rodado los que condicionan la percepción que de ella recibimos. Cuando nos desplazamos, a pie, en bici o vehículo motorizado a través de la ciudad (cuando “utilizamos” el tejido urbano) no son las imágenes de conjunto las que se suceden en nuestras retinas, no es el paisaje urbano distante el que percibimos, sino el conjunto de instrumentos que organizan su uso, depositados en calles y plazas, los que configuran la imagen urbana.

Semáforos, señales, pilonas, bandas reductoras, balizas, separadores, barreras, … conforman un repertorio de elementos que, combinados con la señalización horizontal y el equipamiento urbano (bancos, papeleras, farolas, contenedores, cabinas, marquesinas, …) tienen mucha mayor presencia en la apariencia de nuestras ciudades que los edificios que las conforman, y sin embargo no disponen de ordenanzas de geometría, materiales o composición que condicionen su definición como ocurre con estos, ni se requiere para ellos un planteamiento global que garantice la unidad de lectura del conjunto. 

Pero no nos engañemos; por mucho que pudiera mejorar el resultado con un diseño de calidad, nunca podría considerarse como satisfactorio, ya que el verdadero problema reside en la acumulación en sí, en la suma sin fin de parches que sólo una planificación intencionada y meditada podría evitar.

Cuando se inauguró el 28 de noviembre del pasado 2010 la instalación “carga sobresaliente” del artista Ibon Mainar, realizada para conmemorar el X aniversario del Museum Cemento Rezola, pensamos que se planteaba como una intervención provisional. Pero ahora que, con el paso del tiempo, tiene visos de convertirse en una transformación definitiva, consideramos que merece una reflexión.

El periplo de metamorfosis de este equipamiento comenzaron con su construcción, en 1948 según proyecto de Joaquín Domínguez, con el objeto de albergar la escuela de los hijos de los trabajadores de las empresas de la zona.

14 años más tarde se produce la primera mutación, con la intervención de reforma llevada a cabo por Gonzalo Echegaray en clave de aggiornamento, introduciendo un porche asimétrico y diversos revestimientos con el objeto de borrar toda traza neoclásica.

En este estado se encontraba el edificio cuando Rezola tuvo a bien convocar, en noviembre de 1996, el concurso de reforma para su adecuación como Museo del Cemento, propiciando con ello un nuevo cambio de imagen.

La investigación preliminar llevada a cabo nos permitió descubrir dos elementos fundamentales para la concreción de nuestra propuesta, que a la postre resultaría ganadora: La descomunal y desproporcionada estructura de cerchas de hormigón armado que soportaba la cubierta, y el lucernario central que la coronaba en el proyecto original, suprimido en la reforma de Echegaray.

Habida cuenta de que el proyecto requería una nueva definición del cerramiento, y conscientes de la dificultad de encontrar en el entorno alguna directriz que permitiera orientar su composición, adoptamos una solución de revestimiento ciego que, a modo de piel de armadillo, cubriera indistintamente los paramentos existentes y los de nueva creación, sin distinguir entre planos verticales o inclinados.

Para construir las escamas de este “caparazón” decidimos emplear un material que fuera acorde con la temática del museo, recurriendo finalmente a las placas de fibro-cemento libre de amianto que en ese momento comenzaba a comercializar el grupo Uralita bajo la denominación comercial de Naturvex. Este “material de nueva generación”, que la empresa vendía como material hidrófugo e inalterable ante las inclemencias climatológicas, resultó ser mucho más poroso y frágil de lo previsto, dando lugar (en combinación con las agresivas condiciones del emplazamiento) a un envejecimiento prematuro de la piel, exigiendo sustituciones de placas que han ido alterando la continuidad de la envolvente.

Mucho antes de que se produjera este deterioro de la epidermis, el camaleónico edificio estuvo a punto de sufrir una nueva transformación, en este caso interior y que afectaba a la concepción espacial de la sala de exposiciones, de la mano de la empresa responsable de diseñar los contenidos de la exposición permanente, desarrollados de forma simultánea a la ejecución de la obra.

Ante la dificultad de adecuar su idea a la propuesta espacial que nuestro proyecto contenía, la empresa K6 pretendió reflejar en ella la propuesta arquitectónica que acompañaba a su propuesta museológica, basada en una compartimentación de espacios estancos y privados de luz natural, que permitiera descontextualizar la exposición para favorecer los contenidos audiovisuales e interactivos. Las dificultades y contratiempos enriquecen en ocasiones el proyecto, pero en este caso se nos antoja evidente que el pretendido compromiso que refleja la configuración final no satisfizo a ninguna de las dos concepciones espaciales.

Como anunciábamos al inicio, cierra este periplo la instalación ganadora de la convocatoria realizada con el fin  “de fomentar la creatividad y contribuir a la reflexión en torno a la práctica del arte contemporáneo” al cumplir el museo sus primeros 10 años.

El decidido apoyo que la empresa cementera ha dedicado, desde la creación del museo, a la promoción del arte y la cultura (ojalá otras empresas la imitaran en este aspecto), ha propiciado en este caso la realización de una intervención artística en clave de ready-made.

Se trata de un interesante ejercicio gráfico que utiliza placas de señalización vial para establecer una suerte de ilusión óptica que atrae la atención del espectador.

Como contrapartida, al centrar su intervención en un único frente del edificio (el que se muestra a la antigua N-1) que el autor, desconocedor de que se trata de un edificio sin fachadas, debe haber interpretado como fachada principal, se altera radicalmente el criterio que había guiado la concepción de la envolvente continua, resaltando un paramento sobre el resto e introduciendo inevitablemente una discontinuidad en el caparazón del armadillo, que ve así mermada la consistencia de su coraza.

El tiempo dirá si estamos ante la imagen final de este edificio transformista, o si aún han de venir nuevas versiones que se superpongan a las ya vividas, a lo largo de su historia, por esta construcción sexagenaria.

Además de la elevación de la cota del espacio escultórico (para restituir su escala en relación con la escultura de cortén que alberga) y la revisión de la instalación de alumbrado (que incorpora una nueva iluminación perimetral del foso y la completa sustitución de las luminarias y focos de la plaza, dotándola de mayor calidad y más escenas lumínicas) el elemento más visible de nuestra intervención en clave de rehabilitación en la Plaza de Los Fueros de Vitoria, lo constituyen los alcorques.

Tras la satisfacción que nos produjo, hace pocas semanas, comprobar durante la prueba de iluminación que nuestras previsiones se van a ver materializadas sin la merma de calidad que a menudo acompaña al paso del estudio a la realidad (mérito atribuible a la empresa iGuzzini, suministradora de las luminarias), hace un par de semanas la empresa constructora nos sorprendió muy gratamente con las primeras muestras de los elementos que diseñamos para proteger los alcorques.

La incorporación de estos elementos (resueltos en dos piezas de chapa de 170x85 cm y 10 mm. de espesor, cortadas con láser y galvanizadas) en sustitución de los deteriorados elementos de entramado metálico existentes, se suma a la operación de rebaje de los bordillos perimetrales (que sobresalían respecto al pavimento), aportando un plus de calidad al paseo arbolado de la calle Independencia.