
A pesar de lo habitual que resulta ver el calificativo de ligereza asociado a la utilización del vidrio en arquitectura, lo cierto que no es en absoluto un material liviano.
No se trata únicamente de sus propiedades físicas, con una densidad de 2.500 Kg/m3 (equivalente a la del hormigón y 5 veces superior a la de la madera) que lo aleja de cualquier consideración de material poco pesado. Nos estamos refiriendo a su presencia visual, la misma a la que se apela con tanta frecuencia para justificar su uso.
Y aunque pueda entenderse que así se contemple, a priori, por tratarse de un material supuestamente transparente, a nada que uno analice sus muchas aplicaciones llegará a la conclusión de que, aparte de no ser tan transparente (su opacidad aumenta con el espesor, la presencia de reflejos y la inevitable suciedad) los elementos auxiliares necesarios para sus sustentación y estanqueidad terminan por arruinar esa pretendida ligereza visual.
Algunas inspiradas realizaciones (la ingrávida bóveda del British Museum, de Foster; el sensual Glass Pavilion de Sanaa; la sugerente Fundación Cartier de Nouvel, … ) continuadoras de las sabias aportaciones de los precursores de la arquitectura vítrea en los albores de la modernidad (Taut, Gropius, Mies, …), herederas a su vez de las pioneras propuestas ochocentistas (los grandes invernaderos, palacios y galerías de cristal), pueden invitar a pensar al profano que la utilización del vidrio es garantía de transparencia y ligereza, cuando en realidad se trata de excepciones, que requieren sofisticados medios y un elaborado y sabio diseño para ofrecer ese ansiado resultado.
El caso es que son muchos los que siguen creyendo que, si un elemento arquitectónico es de vidrio, desaparece. O al menos eso se desprende de su uso indiscriminado en los elementos más comprometidos de los cascos históricos de algunas ciudades, entre los que podríamos citar, en San Sebastián: el ascensor que desciende a la biblioteca central, junto a la sede del propio ayuntamiento; el desafortunado diseño impuesto para la “cubrición” de las terrazas del callejón de acceso a la plaza de La Trinidad; o la torpe marquesina adosada a las Escuelas Zuloaga, recientemente construida para cubrir el patio de juegos exterior. Ejemplos todos ellos que evidencian que, sin la adecuada reflexión ni los medios necesarios, se corre el riesgo de obtener un resultado contrario al pretendido, y terminar agrediendo un entorno necesitado de protección.
-
A herberrt1 le gusta esto
-
ganchegui-blog ha publicado esto
